Bajo la corteza, de Martín Heredia Troncoso

“Elegí centrar el relato en el punto de vista del trabajador para conocer su realidad y de esta manera poder entender sus acciones, sin juzgarlas”, señala el cineasta Martín Heredia Troncoso acerca de Bajo la corteza, una película que hace foco en una problemática urgente: el vasto porcentaje de bosques nativos que son incendiados deliberadamente para obtener un rédito económico, generando así daños irreversibles. Ya fuere en las sierras de Córdoba o en lugares varios acá y en la China, son muy pocas las veces en las que se descubre a los culpables, usualmente amparados por quienes manejan los hilos del poder.

Bajo la corteza narra la historia de César (Ricardo Adán Rodríguez ), un humilde trabajador rural que atraviesa, una y otra vez, una situación laboral y salarial muy endeble. En busca de una salida, se vincula con un astuto empresario inmobiliario que promete emplearlo en forma estable. Lo que César no sabe es que, llegado el momento, el empresario le pedirá que realice una tarea tan destructiva como ilegal. Todo tiene un precio y César está en una encrucijada. ¿Debe acatar el pedido, que en realidad es una orden, y así mejorar su situación económica? ¿O lo correcto es que abandone al empresario para poder vivir en paz con su conciencia?

Si bien Heredia explora y denuncia la problemática de los incendios forestales, creería que más le interesa el devenir de su protagonista, sus angustias y tensiones, su sentido de la moral y la ética, que son puestos a prueba ante una situación límite. Entre otras cosas, por eso es imposible no empatizar con César ya que su escenario, su debate entre hacer lo correcto o lo que le conviene más, no es privativo de un trabajador rural.  Muy probablemente casi todos hemos pasado por circunstancias similares. Es la moral lo que está en juego aquí.

La interpretación de Heredia Troncoso es conmovedora. Desde su parquedad y sus silencios, su mirada triste y exhausta, el César de Troncoso deambula y espera, con la esperanza – que cada tanto asoma en su rostro – de ponerle fin a sus penurias. Sin beligerancia ni exabruptos, intenta por las buenas. No sirve.  Tampoco se impone cuando aparece la propuesta sucia del empresario.  Así, Bajo la corteza se convierte en la crónica de una historia desesperada y desesperante.

Por otra parte, el empresario, por ejemplo, es básicamente un estereotipo. No porque no haya gente como él, claro que la hay. Pero es un personaje construido con trazos gruesos, diálogos predecibles, sin grises. De hecho, esporádicamente,  la propia historia se torna estereotipada hasta que retoma un rumbo con más matices. Estos desaciertos no anulan el valor de Bajo la corteza ni la ponen en una crisis terminal.  Solo empañan, por momentos, una narrativa que podría estar un poco más desarrollada.

Bajo la corteza es una película necesaria, hasta imprescindible. Exponer el panorama general, con una denuncia implícita y ahondar en el drama personal es lo mejor que el director podría haber hecho. No se puede pensar a una cosa sin la otra. Así, aquí tenemos varios momentos de un gran impacto emocional que despiertan nuestra empatía. Y otros que avivan nuestra furia.