
“Realizar documentales sobre Derechos Humanos que inviten a reflexionar es el aporte que quiero darle a la sociedad como herramienta de pedagogía de la Memoria para que nuevas generaciones sean interpeladas”, señala Federico Coringrato, director del lúcido y muy necesario documental Desobediente, que se exhibirá en el cine Gaumont los viernes 16 y 23 de octubre a las 20h.
En palabras del director: “En este caso, indagar dentro del propio seno familiar y encontrar lo que nadie antes esperaba; el repudio de sus propias hijas e hijos me parece algo sumamente potente y actual. No es mirar sólo para atrás, sino que es encontrar un presente esperanzador. Y mostrar que esto sucede en diferentes lugares del mundo universaliza la historia”.
Desobediente va más allá de la definición convencional de “documental”, en cambio, ya es un documento histórico indispensable para la memoria colectiva de nuestro país. Es una mirada cercana sobre qué significa ser una hija o un hijo de un genocida y cómo se hace para desanudar lo traumático, resignificar una figura paterna y poder (sobre) vivir dando testimonios por el bien común.

Creo que lo más sobresaliente no es necesariamente toda la información que nos brinda ni los numerosos detalles que hacen a un todo que muchos de nosotros desconocíamos – que, claro está, sí son muy valiosos- sino más bien entender los afectos que aquí se ponen en juego. Es decir, cómo cada una de estas personas cuenta su historia, a veces de una manera contenida mientras que otras veces los sentimientos están más a flor de piel.
Porque de eso se trata: cómo se tramita una reconstrucción de la identidad propia, la de las hijas e hijos, luego de enterarse de qué las identidades de sus padres se revelaran como algo monstruoso. Es que aquí se está hablando del concepto de lo siniestro, eso que era inocente, doméstico y conocido eventualmente pasa a ser maligno, foráneo y extraño.
Todos los testimonios de Desconocido tienen sus singularidades y cada uno hace eco de los otros. Gracias a un sentido de la construcción de un relato, Coringrato hábilmente ordena los testimonios, va y vuelve entre ellos, para crear una progresión dramática y dinámica, en vez de que se trate de una mera enumeración de personas que hablan. Eso le da vida a toda esta obra. Eso marca una diferencia.