
Hacía mucho tiempo que no sentía la ansiedad, tensión y el miedo propios del mejor cine de terror, mi género favorito. Con La hora de la desaparición (Weapons) sentí todo eso y mucho más. Sobre todo, fue una gran sorpresa. Es una de esas películas que puede ser vista varias veces y aun así siempre hay nuevas capas para descubrir.
Escrita y dirigida por Zach Cregger (Barbarian), su premisa es inquietante: una noche en una pequeña ciudad 17 niños de tercer grado de la misma escuela desparecen sin dejar rastro, todos a las 2:17 am. Salen tranquilamente de sus casas, sin que nadie los obligue y corren con los brazos extendidos, como si fueran aviones, hasta que se pierden en la oscuridad.
Con razón, los padres están desesperados y la policía está completamente desconcertada. En búsqueda de un chivo expiatorio, los padres se ensañan con la nueva maestra, Justine (Julia Garner), quien está tan preocupada y asustada como todos los demás. Y también con el único niño que no despareció (Cary Christopher), quien ni sabe por qué sigue como si nada. A los pocos días, la aparición de una tía misteriosa y perturbadora, Gladys (Amy Adams, ganadora del Oscar a mejor actriz de reparto) va a traer más oscuridad a este escenario fatídico.

Como en Barbarian, Cregger divide la trama en capítulos ordenados de una manera no cronológica con grandes elipsis y alternando los puntos de vista entre Julia; Archer (Joss Brolin), un padre desperado, pero combativo; un delincuente de poca monta; y un policía que no parece estar muy conmovido. Y, por supuesto, Cary.
Con referencias y re interpretaciones del universo de los Hermanos Grimm, El flautista de Hamelín, y también el de Stephen King, Cregger narra la historia a un ritmo acompasando e inmersivo, creando así una sensación de encierro y malestar por lo que ocurre y lo que está por venir -que es mucho. Cuando el ritmo cambia, parece que ha retornado cierta calma, pero imprevistos golpes de efecto nos descolocan. Y si bien La hora de la desaparición es una película ancalada en sus personajes, son los climas y la atmósfera general lo que nos subyugan como una pesadilla malsana.
Y en las pesadillas y los sueños hay mucho que no se sabe por qué ocurre. Sin embargo, no por eso dejan de ser reales. Éste es otro gran acierto del director: no revelar el origen del horror ni explicarlo. Solo algún apunte por aquí y por allá nos guía para construir nuestros propios sentidos a través de metáforas y alegorías.

Creo que el drama subyacente nos refiere a un fenómeno estadounidense macabro: la continua desaparición de niños. Están aquellos que huyen de sus hogares para escapar de sus familias violentas y desamoradas; otros son secuestrados, cuando no asesinados y muchas veces nadie encuentra sus cadáveres. El aula vacía al comenzar la historia nos hace acordar al aislamiento y la cuarentena durante la época del COVID. También se podría pensar que todas estas ausencias nos remiten a los estudiantes asesinados en masacres escolares.
La hora de la desaparición es una obra abierta que permite otras alegorías y metáforas, cada espectador construirá las suyas. Pensando en Stephen King, no es difícil darse cuenta de que en este pequeño pueblo hay secretos y mentiras, males escondidos y otros no tanto; y un mar de fondo muy oscuro. Eso que no se ve, está. Son sus síntomas lo que lo delatan. Solo es cuestión de no correr la mirada y observar un poco más allá. Claro que aquí nadie quiere hacerlo.