La sudestada, de Daniel Casabé y Edgardo Dieleke

Unos diez años atrás Daniel Casabé y Edgardo Dieleke co-dirigieron dos documentales que no pasaron desapercibidos: Cracks de nácar (2013) y La forma exacta de las islas (2014). Ahora aunaron sus talentos para realizar su ópera prima de ficción, La sudestada, una transposición de la novela gráfica de Juan Sáenz Valiente que ganó la Mención Especial del Jurado de la Competencia Internacional del BAFICI de este año. No es una película perfecta, pero es algo quizás más importante: es muy diferente a todo lo que se suele ver en nuestro cine, más aún cuando de cine de género se trata. Es que a primera vista se la puede pensar como un thriller porteño con aires de neo noir, pero en su esencia va mucho más lejos.

Jorge Villafañez, alias El sabueso (Juan Carrasco) es un detective privado tan minucioso como solitario. Da la impresión de estar invadido por cierto hastío más existencial que profesional, seguramente ya son muchísimos los casos que ha investigado y todo se ha vuelto demasiado rutinario. No hay espacio para sorpresas en su vida, o al menos eso es lo que él piensa.  Hasta que un nuevo cliente, Ricardo Zelarrayán (Edgardo Castro) lo contrata para seguir y vigilar a su esposa, Elvira Schulz (Katja Alemann, en un regreso con gloria a sus sesenta y cinco años) una importante coreógrafa, tiempo atrás una talentosa bailarina. La pareja se está separando y quizás ella esté viviendo un nuevo romance, supone el marido celoso. A El sabueso poco le importa qué puede estar pasando: solo quiere cumplir con su trabajo y cobrar lo que le corresponde.

Claro que nada es tan lineal. Es que la trama detectivesca es solo el molde para explorar una historia que va más allá del género. Es cierto que La sudestada se puede pensar como un thriller porteño con aires de neo noir, no faltan elementos típicos. Elvira podría ser la tan mentada femme fatale. Incluso el Delta del Tigre, donde transcurre buena parte de la trama, es un territorio propicio para el misterio. El tempo pausado y certero apuntala el devenir del relato, sin fisuras. Y Buenos Aires está fotografiada en esos tonos crepusculares y melancólicos que el noir supo elaborar tan bien.

Pero en su esencia La sudestada es una historia de despertares afectivos y de libertad de los cuerpos. Al principio son los cuerpos de los bailarines que ensayan una coreografía extraña lo que nos llaman la atención. Luego son los desnudos de Elvira los que nos seducen en su maravillosa imperfección. En escenas con un corte surrealista ella danza y se entrega a una especie de éxtasis íntimo en el que la carne se muestra gozosa. Así se establece un cruce impecable entre lo espiritual, en el sentido más amplio del término, y lo carnal. Aún con el paso del tiempo, aquí el cuerpo parece estar más vivo que nunca.

Para El Sabueso esta investigación va a ser un despertar. Es esa sorpresa, eso nuevo y sin nombre que estaba esperando sin siquiera saberlo. Claro que hay algo que se parece a una historia de amor, pero dista mucho de lo que nosotros pensábamos que iba a ser. Es el desnudo de El Sabueso, imaginario o real, eso poco importa, lo que vuelve a poner en escena una noción de libertad propia e intransferible.

Sin duda, el deseo es el sustrato de toda esta historia. Solo que en vez de brotar caprichosamente aquí se revela de a poco, a su propio ritmo y a través de la mirada del otro, muchas veces tímida y otras veces lúdica. Es que todo está en el orden de lo sensible.