Matar a la bestia, de Agustina San Martín

“Las imágenes que creamos para esta película fueron diseñadas pensándose como cuadros. Había una búsqueda por encontrar el ensueño en todo, por trazarlo de un modo que se sintiera como un universo paralelo, como la realidad invertida. Buscábamos elementos ordinarios que pudiesen sentirse extraordinarios con tan sólo un detalle en la luz o un brillo. En esa búsqueda, el objetivo era enredar lo real y lo imaginario como si la película misma estuviese vista bajo la mirada de Emilia”, señala Agustina San Martí, guionista y directora de Matar a la bestia, actualmente en exhibición en el cine Gaumont a las 18:30 y en Malba Cine, los sábados a las 22:00.

Esas imágenes que la directora se propuso crear para Matar a la bestia han sido plasmadas con una precisión y un refinamiento impecables. Porque ya desde el primer plano, experimentar la película es, de hecho, entrar en una especie de otro plano, otra dimensión, por así decirlo: climas envolventes, luces y sombras que muestran y ocultan, un montaje pausado y casi suspendido en el tiempo, y palabras y silencios que hipnotizan en un espacio re-conocido que a veces, solamente algunas veces, puede sentirse familiar. El resto es descubrimiento puro.

Emilia, 17, llega a un particular pueblo religioso en Misiones, en la frontera entre Argentina y Brasil. Está buscando a su hermano, con quien tiene un oscuro asunto que resolver. Se aloja en la posada del monte de su extraña tía Inés donde, según los rumores, hace una semana apareció una bestia, el fantasma de un hombre malvado, dicen los lugareños. Esta bestia innombrable habita el cuerpo de distintos animales, de ahí que su forma mutante lo torne aun más ominoso. Pero, desde lo simbólico, la gran pregunta es: ¿ese monstruo demoníaco es realmente un monstruo? Y si no les, ¿qué es y de dónde proviene? ¿Cómo entran en juego los lugareños que afirman su existencia?

Por su parte, mientras el pueblo busca monstruos en la selva, Emilia busca a su hermano y se enfrentará a su pasado, entre lo real y lo mitológico, lo humano y lo animal, la culpa y lo sexual. Desde lo formal, Matar a la bestia es toda una sorpresa. Para bien. No tanto porque técnicamente sea casi perfecta, sino fundamentalmente porque es una de esas películas en donde el estilo está al servicio de la narrativa. Un estilo personal, único, pocas veces visto en el cine nacional contemporáneo.

En un mundo de sobreexposición a las imágenes, las de Matar a la bestia llaman la atención y sobresalen. Son como salidas de otras épocas donde las texturas, la composición pictórica y los tonos construían la fotografía en todo su esplendor. Lo mismo ocurre con la banda de sonido, que nunca es una mera acompañante sino también un elemento para contar la historia y para darle peso y volumen. Nada está librado al azar en una obra tan calculada que, sin embargo, se siente tan espontánea, tan real a pesar de su artificialidad.

El punto que se torna problemático es la propia construcción dramática. Es claro que la directora opta por eludir lo lineal y los recursos de la narrativa clásica. Se trata, en cambio, de un relato que busca encontrar en la poesía sus sentidos. Pero no siempre lo logra. El comienzo impacta y parte del segundo acto, también. De ahí en adelante, hay una languidez y cierta morosidad que despojan a la película del poder dramático de su propio poder narrativo. Las metáforas abundan, y alguna que otra alegoría también, pero algunas son previsibles y otras inconsecuentes. Y el montaje pasa de ser cansino a sentirse cansado. 

Todo es bello, por supuesto, y tomando escenas aisladas, los méritos de Matar a la bestia son bien visibles. Pero ese fluido encadenado de escenas y secuencias de todo el primer tramo de la película se va diluyendo de a poco. También de poco, nos desconectamos un poco de los personajes y sus conflictos, hasta que el final sí retoma el drama que tantas aristas tiene. Un final poderoso, sin duda, es digno de la esencia de Matar a la bestia.