Jesús López, de Maximiliano Schonfeld

Luego de ganar el premio principal en Festival de Biarritz y el Premio al Mejor Largometraje en la Competencia Latinoamericana del Festival de Mar del Plata 2021, Jesús López, de Maximiliano Schonfeld (Germania, La helada negra, La siesta del tigre) se ha estrenado recientemente en Malba Cine, en el cine Gaumont y CineAr TV.  Jesús López fue guionada por el mismo Schonfeld y la escritora Selva Almada.

“Jesús López es una película acerca de los duelos colectivos, sobre todo en los adolescentes, y como de una forma u otra ese dolor se materializa en la rutina, en los actos cotidianos. También en la búsqueda constante de dialogar con el más allá, con el misterio y con la manera en que nos aferramos al desapego como una única salida posible cuando la tragedia invade, abrupta y silenciosa”, señala Schonfeld acerca de su tercer largometraje de ficción, un sentido, melancólico pero nunca sentimentaloide drama que va más allá de lo que puede parecer a simple vista.

Situada en un pueblo que parece estar empezando a agonizar ante el paso del llamado progreso, Jesús López (Lucas Schell), un joven piloto de carreras apreciado y querido por todos los lugareños, muere en un muy desafortunado accidente. Su primo Abel (Joaquín Spahn), un adolescente introvertido, a la deriva y un tanto depresivo, siente un deseo profundo, y hasta irracional, de ocupar el lugar de su primo muerto, ante su familia, amigos y el pueblo entero. Incluso parece que ha sido poseído por el difunto (¿o acaso es pura subjetividad desesperada?).

Sea como fuere, se obsesiona con vincularse con todo aquello y con quienes mantenían una relación cercana con su primo. Como si quisiera borrarse a sí mismo, de a poco, para ser ese Otro que se fue irremediablemente. Y que no puede duelar, tanto como el pueblo tampoco puede hacerlo.

Cuando se organiza una carrera para homenajear a Jesús, Abel no duda en participar con el mismo auto de su primo. Es entonces cuando el destino (¿o el conjuro de ese destino?) entra en escena y no va a tardar en dejar sus huellas.  

La mixtura de géneros, tonos y texturas hacen de Jesús López una película inusual, y para bien. Porque el drama y la sugerencia de lo sobrenatural, más el retrato de la juventud de un pueblo perdido en el medio de la nada, se superponen con fluidez, sin que se vean las costuras. Por eso, el sutil enrarecimiento puede ser perturbador y seductor, atractivo y siniestro a la vez, más en  algunas ocasiones que en otras. Como en las películas previas de Schonfeld, son los climas, las atmósferas, las aristas que le dan forma a su narrativa, independientemente de la trama.

Claro que son muchos los sentidos que se pueden construir a partir de lo que pasa, pero son más profundos aquellos que emanan de cómo pasa lo que pasa. Impecable la fotografía – lo que no debería sorprender- en sus composiciones tan pensadas, pero no rígidas ni de un formalismo vacío. Sugestivo el diseño del sonido, que por momentos nos habla de otros planos de este mundo terrenal – o al menos eso parece. Y la música, de un dramatismo subterráneo que aflora en la superficie inesperadamente también es otra textura que se entrelaza en este universo conocido pero extraño.

Quizás eso fue lo que más me gustó de Jesús López: esa indiscernibilidad entre lo que pasa en el mundo real y en el otro, el que habita en Abel; los dobleces casi invisibles del vínculo que establece con la novia de Jesús; la dificultad de leer qué pasa en el fondo de su personalidad tan opaca y su afectividad tan retraída. Creo, también, que Abel no es solo Abel, sino también un recorte posible del pueblo entero. O, más precisamente, un reflejo, quizás un tanto deformado, de tantas subjetividades y cosas no dichas. Pero que siempre están presentes. Se perciben, aunque no se vean.