
Nunca había visto Un buen día (2010) antes de ver el documental de Néstor Frenkel. Recordaba su póster no muy atractivo y que fue un fracaso total de público y crítica. Pero luego de ver Después de un buen día, el nuevo documental de Néstor Frenkel, que explora la historia de la película y las de sus creadores, me dieron ganas de verla. La vi. Digamos que fue toda una experiencia inusitada, colorida y casi bizarra. No me la venía venir.
Fue dirigida por Nicolás Del Boca a los 82 años y sin experiencia en cine – su fuerte siempre fue la televisión, recordemos las telenovelas de su hija Andrea – y guionada por Enrique Torres, quién tampoco tenía experiencia previa en cine, pero sí había escrito unas cuantas novelas muy exitosas de Andrea Del Boca – Celeste, Antonella, Perla Negra, pero también Muñeca brave, con Natalia Oreiro- durante los 90. Los protagonistas: Aníbal Silveyra y Lucía Solá (en ese entonces, novia de Al Pacino) y con una participación especial de Andrea del Boca.

Con una muy clara estética, narrativa y marcación actoral propia de las telenovelas de unos 20 años atrás, lugares comunes por aquí y por allá, sin huellas del uso propio del lenguaje del cine, Un buen día busca narrar una historia de amor: la de un actor que nunca levantó vuelo – y así se convierte en una suerte de buscavidas- con una joven muy bella que fue a estudiar a EEUU y no tuvo mucha suerte. Filmada en Long Beach con un presupuesto exiguo y con un equipo de filmación de jóvenes estudiantes de cine recién graduados, Un buen día fue hecha desde el corazón y con mucha buena voluntad y sacrificios.
Claro que las buenas intenciones no necesariamente dan buenos resultados: Un buen día fue considerada por muchos como la peor película argentina jamás filmada. O, para ser más precisos, la mejor peor película de la historia del cine argentino. Es decir, de tan mala que es ya pasa a ser buena, un objeto de para la risa y la burla. Pero, ¿todo esto es tan así?

Quizás esa fue una de las preguntas que puede haber sido uno de los puntos de partida de Frenkel para explorar esta suerte de fenómeno al que le siguió otro fenómeno: muchos años después y hasta el día de hoy, Un buen día se transformó en una película de culto, es apreciada y admirada por un buen número de fans tan vehementes como apasionados.
Frenkel ha construido una sólida filmografía con una predilección por personajes inusuales y excéntricos, esos que están en los márgenes del gran espectáculo y que no dudan en hacer lo suyo sin importarles lo que digan los demás o las tendencias en boga. En el sentido convencional, no tienen nada de extraordinario y sin embargo ahí radica su mayor atractivo. Frenkel también se caracteriza por su gran habilidad para encontrar aristas y matices que otros pasarían por alto. Así aparece la esencia de las grandes historias escondidas en aquellas aparentemente pequeñas.
Después de un buen día sigue esta línea a la perfección. Diría incluso que es una de sus películas con más recovecos y sorpresas por descubrir. Su tono ya es conocido: amable, respetuoso y cercano. Su mirada para con este material tan rico es empática, pero también muy lúdica. Lejos de toda solemnidad, Frenkel nos invita a ser testigos privilegiados de su investigación minuciosa, sin alentar la burla, pero también con una generosa cuota de humor, un tanto corrosivo a veces. Y nos insta a preguntarnos si, efectivamente, esta película de culto tiene o no méritos que en el momento del estreno tal vez ni fueron tomados en cuenta.
Con ingenio, utiliza el detrás de escenas no para exponer las etapas de la filmación (esto no es un making of) sino para retratar a sus creadores tal como son: seres humanos con sueños, talentos, fracasos y éxitos. El foco está en Enrique Torres y en su historia de idas y vueltas para seguir en carrera frente a tantos contextos adversos -aunque Silveyra también tiene mucho para decir, a veces con dolor y rabia contenida. En los testimonios a cámara los realizadores de Un buen día se muestran cómodos y hablan sin autocensurarse, no hay aquí un discurso armado y repetido mecánicamente. Si Frenkel no fuese tan buen entrevistador no habría logrado un retrato tan particular como universal. Sobre todo, tan verosímil.

En un ligero cambio de tono, el encuentro sorpresa con los ultra fans resulta ser emotivo y sentido: es el gran momento en el que otros espectadores de nuevas generaciones convalida la importancia de la película y agradece su existencia. Torres no podría estar más contento, a punto tal que los ojos se les llenan de lágrimas de felicidad.
Es mucho lo que hay para contar y bien zigzagueante es el relato. En manos de otro director menos experimentado Detrás de un buen día podría haber sido poco menos que un desastre. Pero la narrativa del guión, tan precisa y orgánica, hilvana las partes dentro de un todo en el que nunca se le ven las costuras. Y nos anima a recorrer caminos diversos que de predecibles no tienen nada. Todos grandes méritos. No debería sorprender: Frenkel sabe muy bien lo que hace y lo hace amorosamente.
Sugiero ver primero Después de un buen día y recién después ver Un buen día, que está disponible en You Tube. A mí el documental me inspiró curiosidad y también muchas preguntas. Un buen día es un complemento ideal para vivir una experiencia poco común. Y la respuesta a la pregunta acerca de cuán mala o no es Un buen día la va a encontrar cada espectador según su buen saber y entender. Creo que para Frenkel aquí todavía hay mucha tela para cortar. Y tiene razón.
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Después de un buen día se estrena el viernes 7 de junio en el Malba y el sábado 8 en el Centro Cultural San Martín, junto con una retrospectiva completa de la filmografía de Frenkel.