Western, de Valeska Grisebach

Un grupo pequeño de trabajadores alemanes llega a la campiña búlgara para construir una planta hidroeléctrica a la vera de un río. Casi literalmente, están en el medio de la nada, cerca de la frontera con Grecia, y ninguno de los trabajadores habla inglés – mucho menos búlgaro. Después de muchos largos minutos para presentar a los obreros y a algunos lugareños, queda claro que Meinhard (Meinhard Neumann), un cincuentón taciturno y retraído pero aún así amigable, es el protagonista de la historia. A diferencia de sus distantes compañeros alemanes, Meinhard eventualmente entabla un vínculo amistoso con Adrian (Syuleyman Alilov Letifov), un trabajador búlgaro. Y aunque no hablan el mismo idioma, se comunican a través de gestos, miradas y algunas palabras sueltas.

Hay muchas otras situaciones y circunstancias que van dando cuenta de los cruces entre ambas culturas, de rasgos de la identidad germana, de nociones de masculinidad, y de xenofobia implícita y explícita. Y hay también un caballo que va a jugar un papel no menor en el relato. Todo se narra a través de un marcado minimalismo, nunca con grandes conflictos – al menos aparentemente. Acá el detalle es lo que importa.

Western es la tercera película de la realizadora Valeska Grisebach – después de su aclamada Longing, estrenada en la Berlinale en el 2006 – y fue presentada en la sección Una cierta mirada en Cannes. Del western en tanto género tiene rasgos estructurales, pero en realidad el título hace más referencia a la posición del protagonista como un extranjero del mundo occidental en la Europa Oriental, tanto en un nivel simbólico como en uno concreto.

Filmada sin un guión convencional, sin la estructura clásica de tres actos con un conflicto concreto a desarrollar y resolver, sin los habituales puntos altos y bajos en la narrativa ni tampoco un desenlace que clausure la historia, Western apuesta al naturalismo extremo en un formato casi documental donde los detalles nunca son nimios. También recurre a un elenco mayormente compuesto por actores no profesionales, diálogos que suenan improvisados (si lo son o no, no importa), y una cámara en mano nunca invasiva. No debe sorprender, entonces, que exista una casi tangible sensación general de autenticidad y cercanía. Por momentos parece que los acontecimientos están sucediendo en un presente continuo que acontece sin haber sido ensayado, una revelación espontánea de un mundo poco conocido. No por nada la tercera película de Grisebach ganó el premio al Mejor Director en el Festival de Mar del Plata.

Típico de esta clase de narrativas, de lo particular se despliega lo universal, es decir de las distintas aristas de las relaciones entre estos hombres se desprenden puntos de vista – a veces un tanto obvios – sobre la relación entre la Europa Occidental y la Europa Oriental. No hay duda alguna que la directora conoce muy bien su material y tiene una idea muy precisa de qué quiere narrar y qué, por el contrario, le resulta intrascendente.

Lo que sí se puede objetar es que el guión tiene un foco muy suave en muchos de sus temas y probablemente por eso no cala muy hondo. Es evidente que la dramaturgia es deliberadamente difusa y dispersa, pero eso también impide que exista crezca la tensión dramática necesaria que le daría más resonancia a todo el escenario. Y no parece que esto sea voluntario. Es que encontrar el equilibrio justo entre lo más descriptivo y lo más narrativo, por así decirlo, puede ser todo un desafío.

Pero aceptando estas reparos y siempre que no se le pida a la película algo que no es, Western sale más que airosa con una propuesta que de fácil no tiene nada. Y que pide un espectador que disfrute más de la contemplación que de la lectura dirigida. En estos términos puede ser una experiencia muy disfrutable.

Western (Alemania, Bulgaria, Austria, 2017) Puntaje: 7

Escrita y dirigida por Valeska Grisebach. Con Meinhard Neumann, Reinhardt Wetrek, Waldemar Zang. Fotografía: Bernhard Keller. Montaje: Bettina Bohler. Duración: 100 minutos.