Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson

Una batalla tras otra puede no ser la mejor película de Paul Thomas Anderson, pero seguramente está en el top 5. Boogie Nights y The Master, dos películas que prácticamente no tienen nada que ver la una con la otra, son quizás las que tienen más niveles de lectura, aunque puedan parecer relativamente simples. El hilo fantasma es un melodrama sublime acerca de una relación amorosa tan compleja que es deseable verla más de una vez para captar todos sus matices. Y diría que su ópera prima, Hard Eight, al decir tanto con tan poco es un prodigio de economía narrativa. Es cierto, también, que un realizador tan comprometido para con su material y tan diverso en los géneros que aborda, cualquier top 5 se queda corto. Quizá mañana cambie de opinión, no es fácil hacer esta pequeña lista.

Una batalla tras otra comienza con una secuencia impactante, arrolladora, de una película de acción con un montaje excepciona: lo curioso es que bien podría ser el clímax de cualquier película de este género. Pero es solo el comienzo. Un grupo de revolucionarios estadounidenses realiza una maniobra en la frontera entre Méjico y EEUU: toman a los oficiales como rehenes y liberan a los inmigrantes. Perfidia (Teyna Taylor) es la líder del grupo, una mujer empoderada y segura de su fuerza que pronto va entablar una relación perversa y sádica con el coronel Lockjaw (Sean Penn), el líder del batallón gubernamental. 

Bob Ferguson (Leonard Dicaprio) es otro revolucionario, el compañero de Perfidia, con quien eventualmente va a tener una hija, Willa, protagonista de la segunda parte de la película, luego del prólogo de 30 minutos – Una batalla tras otra tiene una duración de 162 minutos que se pasan volando. Luego, Benicio Del Toro aparece encarnando a un personaje inesperado, fuera de lo común.

La última película de Paul Thomas Anderson no se desarrolla en un tiempo específico, pero la alusión a la violencia y represión brutal de ICE es más que obvia. Este anclaje político, muy a tono con los tiempos, es el marco dentro del cual se van a desarrollar relaciones interpersonales complejas, el material más rico de la película. Creo que aquí están los subtextos que le dan espesor y volumen a la trama. 

Es el tono, también, el que le da una singularidad que bien podría haber sido un desastre, pero que no lo es: una mirada satírica tanto sobre la izquierda revolucionario como sobre la ultraderecha que se entrelaza con un drama profundo y genuino sin perder cohesión en la narrativa y en la estética. Cuando Bob, unos 16 años después del epílogo encuentre a su hija afloran afectos insospechados y el registro se vuelve intimista. Es como ver otra película que, a la vez, es la misma. Una odisea de acción y adrenalina que encuentra momentos donde el ritmo es calmo, relajado. Pero siempre en alerta por una posible nueva amenaza.

El caos político dominante nos resulta familiar, basta con ver el mundo en general y el país en el que vivimos en particular. Paul Thomas Anderson, claramente conciente de un estado de las cosas aciago, apunta a representarlo sin gravedad ni torpes declaraciones de principios. Su premisa encuentra otro camino. Porque las tribulaciones y tragedias personales son lo que más importa.