
Damos por sentado que la fotografía solamente registra aquello que existe y está a la vista, llamémoslo las presencias. Un objeto, un sujeto, paisajes, formas, dibujos… Sin embargo, la fotografía también puede capturar ausencias. Hubo algo que estuvo y ya no está, pero están los signos y las huellas que dejó. Se puede, entonces, transformar las ausencias en presencias.
Eso es precisamente lo que hacen el corresponsal de noticias Steve Hartman y el fotógrafo Lou Boop a lo largo de un proyecto de siete años en el cual fotografían las habitaciones vacías de niños y niñas muertos en tiroteos escolares. Sus padres han conservado las habitaciones tal como estaban el día de sus muertes: ordenadas o desordenadas, limpias o no tanto, con la ropa tirada en la cama o bien arreglada en los estantes y cajones. Todo quedó en un tiempo suspendido.
En Todas las habitaciones vacías, dirigida por Joshua Seftel, Hartman y Boop visitan a cuatro familias, una de ellas perdió a su hijo, Dominic, de 14 años, y las otras tres a sus hijas: Hallie, de 9 años; Jackie, de 9 años; y Gracie, de 15 años. Antes de entrar a las habitaciones, los realizadores mantienen un breve diálogo con las familias, quienes cuentan apenas un poco de sus hijos e hijas, no hay aquí recuerdos interminables ni imágenes de los tiroteos. No hay nada gráfico. No hay necesidad de revivir la tragedia ni de transformar a nadie en víctimas heroicas. Son solo chicos que fueron a la escuela un día como cualquier otro y no volvieron nunca más.

Mientras escribo esta crítica, me siento angustiado y muy triste. No puedo evitar recordar las imágenes de las cosas que quedaron en estas habitaciones: pulseritas de colores, garabatos en tableros y hojas, ropa que no se lavó y todavía conserva el aroma de los niños, cajitas de chucherías, zapatillas usadas, vestidos para las primeras fiestas. Y una notita que escribió una de las niñas para su yo del futuro cuando empezara la secundaria. Nunca pudo leer esa carta.
Agradezco profundamente que no haya un ápice de melodrama, que el tono sea emotivo, pero no sentimentaloide y que los realizadores hayan mostrado tanto respeto hacia los padres y sus hijos e hijas. Tardé un buen tiempo para ver el documental tenía miedo. ¿Qué efectos tendrían entrar en esas habitaciones? ¿Cómo se sale? Porque una cosa es segura: no se puede hacer de cuenta que no se vio aquello que uno ya vio.

Hay una pregunta esencial que se desprende de este documental, aunque no sea expresada directamente: ¿Están estos padres atados a la melancolía de la pérdida? ¿Es que acaso no pueden hacer el duelo? ¿O será que éste es un modo de recordar que estos niños sí existieron y merecen ser recordados? ¿La memoria los mantiene vivos en los corazones de sus padres? No tengo ni idea de cómo responder a estas preguntas.
El objetivo de los realizadores es tan noble como urgente: que la gente salga de su estado de apatía y que dejen de estar anestesiados. Es que son tantos los tiroteos escolares -se calcula que ahora son 130 por año- que muchos, demasiados, ya los toman como moneda corriente, es algo cotidiano que conmueve poco y nada.
“Enviar a tus hijos a la escuela sin tener que preocuparte de que les disparen no es un tema político. Es algo en lo que todos estamos de acuerdo. No hay debate al respecto. Necesitamos sentir todo el peso del problema antes de encontrar una solución, y ya no lo sentimos”, señala Sheftel.
