Sinners, de Ryan Coogler.

Dirigida Ryan Coogler por (Creed, Soy leyenda, las entregas de Los juegos del hambre) Sinners se desarrolla en el sur de Estados Unidos, en el delta del Mississippi en 1932 durante la Gran Depresión, cuando la comunidad afroamericana está a merced de la segregación racial y de todos sus males. Ni siquiera logran tener un espacio propio, un territorio que les pertenezca. Ahora, ya han pasado más de 9 décadas y se podrá decir que la situación general de la comunidad afroamericana es prácticamente la misma.

Por supuesto que hubo un Barack Obama, hay políticos, académicos, artistas, celebridades y profesionales de toda clase. Pero, aun así, los EEUU tienen una sociedad que no ha podido, o no ha querido, solucionar la cuestión racial. Han pasado más de nueve décadas y la gente común y corriente de la comunidad afroamericana sigue sufriendo los mismos males atávicos

Ése es el eje central de Sinners, pero hay otras ideas igual de importantes que la película explora con precisión y sutileza, tanto de manera literal como alegórica. Hay sentidos y significados que se van construyendo y encuentran su clausura, mientras que otros quedan abiertos a la interpretación. Sinners pide un espectador activo que complete aquello que aparentemente queda flotando a la deriva. También es deseable, aunque no excluyente, que el espectador conozca tópicos y rasgos fundantes del cine de terror.

Porque la gran originalidad de este relato es evitar transitar una sola cuerda, aunque la primera mitad sí sea un drama histórico. Luego, Sinners luego se revela como una fábula de y con vampiros, con una mezcla de western, algunos apuntes de musical un tanto gótico, con supremacistas blancos en forma de monstruos y una atmósfera casi surreal. Todo esto junto podría haber sido un desastre, pero Coogler encuentra el modo de amalgamar tantos elementos tan indiferentes sin quiebres ni disonancias, excepto aquellas que el propio guión dispone. Dicho de otro modo: no se notan las costuras, en buena medida gracias a un montaje excepcional.

Todo comienza cuando dos hermanos gemelos (interpretados por Michael B. Jordan) retornan a su ciudad natal, en Mississippi, con el deseo de fundar un club de música para integrar a la comunidad en un espacio de pertenencia, un lugar para disfrutar de noches sin dolores y con placeres. Tiempo atrás se habían instalado en Chicago y trabajaron para la mafia y en mafiosos se convirtieron. Pero se encontraron con la misma violencia de la segregación racial. Por eso mismo retornaron al sur. Quizás ahora puedan construir algo distinto en la era del blues. Hay otro protagonista, un músico excelso que puede conjurar espíritus malignos más allá de su voluntad. Su poder puede ser una gran condena. Sea como sea, nada va a salir bien.

Coogler sugiere que la comunidad afroamericana ya está condenada de antemano, hagan lo que hagan siempre va a estar acechada por monstruos. Que los vampiros metaforicen a los supremacistas blancos es una originalidad absoluta. No hablamos de los históricos vampiros sensuales y seductores, tampoco de las derivas de Nosferatu. Aquí son vampiros que conservan una humanidad deleznable. Y, simbólicamente, al infectar a sus víctimas despliegan un proceso de apropiación cultural. Se trata de un círculo que nunca tiene fin.

Sinners es una película lacerante y oscura, pero también tiene momentos de una belleza extrema. En su literalidad es impactante, simbólicamente es fascinante.