
En Romería (2025), la nueva película de Carla Simón (Verano 1993), Alcarrás (2022), la directora española dirige su mirada, siempre lúcida y sensible, para observar el mundo complejo de síntomas familiares, identidades en progreso y recuerdos que tratan de darle forma a eso que ya fue, y sobre todo, a cómo fue. En comparación, Verano 1993 y Alcarrás son películas más contemplativas, con una trama delgada y más ancladas en pequeños episodios. Son películas donde la atmósfera, los climas, están en el centro de la escena.
Pero, en Romería (que significa peregrinaje) la narrativa es más extrovertida, oscila entre la tensión y la calma como un péndulo, dentro de un registro que hace de lo simple toda una declaración de principios. Y sí, también es, en cierto modo, más conmovedora que sus películas previas. Aquí se trata de observar de una manera más directa y expresar con mayor elocuencia, sin dejar de lado aquello que dice uno de sus personajes, “hay cosas de las que no se habla”.
Marina tiene 18 años, es huérfana desde muy chica y fue criada por padres adoptivos. Por primera vez, emprende un viaje a Vigo, en España, para que sus abuelos paternos, a quienes nunca conoció, certifiquen quién fue su padre biológico, que murió de sida luego de separarse de su madre, ella también fallecida poco tiempo después. En este viaje, más interno que externo, Marina va a tener la oportunidad de reconstruir su historia, que tiene visos de un relato incompleto, con no pocos secretos y mentiras. Atravesando una nueva pérdida de la inocencia, la joven de 18 años sabrá más de su pasado, entenderá mejor su presente y podrá, tal vez, pensar un nuevo futuro.

Romería es una auto-ficción y como tal se articula con hechos que sucedieron “de verdad” y otros “imaginados”. Poco y nada importa esta diferencia, ya que la historia es un todo bien cohesivo, una de esas historias que fluyen con un ritmo acompasado, sin tiempos muertos ni saltos abruptos. Todo lo vemos desde el punto de vista de Marina, solo sabemos lo que ella sabe, ergo también compartimos las revelaciones por venir, a veces dolorosas y otras veces liberadoras. O las dos cosas a la vez.
Alternando un registro naturalista con flashbacks en Super 8 y escenas alucinadas y alucinatorias, Romería va tejiendo redes anudadas desde los afectos y la cercanía de emociones subyacentes que van emergen de a poco, cuando pueden y como pueden. Nada está dado por sentado, mucho es reescritura que conduce a empezar de nuevo desde un lugar de honestidad emocional y (re) conocimiento de una historia con nuevos matices y tonalidades más diversas. Es que, muchas veces, así se alcanza eso que llamamos libertad.
