
«La crisis existencial es común a todo ser humano. Sin embargo, hay tantas formas de afrontarla como personas en el mundo. En el caso de nuestro protagonista, su asfixiante realidad activa un mecanismo mental que lo expulsa de su mundo cotidiano. ¿Puedo ser realmente un héroe? es la pregunta que Juan Debré intenta responder”, señalan Javier Beltramino y Diego Peretti, co-directores de La muerte de un comediante – ésta es la primera película de Peretti como director y guionista, y también es el protagonista.
Juan Debré (Diego Peretti) se consagró como actor interpretando, a lo largo de su vida, a un héroe de una famosa serie televisiva, que originalmente apareció en un cómic. Cuando es diagnosticado con una enferma terminal, se escinde de la realidad que habita día tras día y se va de viaje a Bruselas, la ciudad natal del personaje de ficción que tanto adora. Allí, conoce a tres jóvenes (un músico, un activista y una artista) que lo involucran en asuntos peligrosos. Y de ahí más el absurdo y la deriva tomen un espacio central en la narrativa. Debré sabe de dónde viene y por qué está en donde está. Lo que no sabe es cómo va a terminar su viaje que, al principio, iba a ser un modo de encontrar su identidad perdida y perturbada.
La muerte de un comediante es una película despareja, tiene tantos hallazgos como desaciertos: no hay nada que reprocharle en cómo ha sido dirigida, pero el guión hace agua en varias instancias y la historia es un tanto arbitraria. Por otra parte, la interpretación de Peretti es impecable y transmite las tribulaciones y malestar de su protagonista con una afectividad íntima y cercana.

La fotografía, iluminación y composición, la textura de la imagen, el aspecto de cómic y el uso del sonido como elemento expresivo no podrían estar mejor. Estéticamente, es cohesiva y original. Los primeros planos del rostro de Peretti nos instan a entrar en su ser, estamos cerca de él y no podemos evitarlo. En este sentido, La muerte de un comediante tiene una identidad bien marcada.
Ahora bien, en el nivel de la trama nada es muy coherente. Sí, se entiende perfectamente porque nuestro protagonista hace lo que hace, pero no emana orgánicamente de la narrativa, que es errática y forzada. Los diálogos también hacen ruido: suenan escritos, no hablados. Y las sub tramas que involucran a los tres jóvenes no tienen sustancia. Las cosas pasan porque el guión lo dice, no porque la esencia de la historia lo necesite. Lo que hay es poco y sin mucho interés.
Quizás el punto más logrado de toda la película es el tono melancólico, dolido y desesperanzado. Es como saber que alguien va a terminar de una manera no muy feliz y solo podemos asistir a su derrotero. Eso sí que funciona.