
Luciano, la ópera prima documental del cineasta Manuel Besedovsky, aborda una temática urgente, sobre todo en una Argentina plagada de discursos de odio, que también ha sido poco explorada en el cine argentino. ¿Cómo es la vida cotidiana de un varón trans? Es más, ¿A qué se enfrenta un hombre trans que vive en un barrio marginal en el interior del país? ¿Cómo afrontar la violencia creciente, las precarias condiciones de vida y el maltrato policial, siempre a la orden del día?
Con una admirable economía narrativa nada fácil de lograr, Besedovsky busca y encuentra unas cuantas respuestas a estas preguntas: la película apenas dura 90 minutos, y no le sobra ni le falta nada. Y eso que hay mucho para contar.
Luciano Pereyra es un joven trans, vive con su madre y su hermana menor en Barrio Tablada, en la convulsionada Rosario. Se ocupa de algunas tareas domésticas y de traer dinero a casa, al menos para subsistir. Trabaja de albañil y con changas, mientras busca un trabajo formal. Siendo una persona trans, es más difícil conseguir trabajo, eso ya se sabe. Al menos, hasta que termine de estudiar. Ahora, sin mucho para ofrecer a un mercado laboral que es cada día más demandante y esclavizante, a Luciano todo le cuesta el triple.

Su transición de mujer biológica a hombre trans ya casi ha finalizado, su cuerpo musculoso y torneado junto con su rostro varonil y de rasgos bien marcados son la mejor prueba de la identidad que tanto le ha costado construir. Es sensual y carismático. También, sensible y espontáneo. Sobre todo, es muy inteligente.
Besedovsky ubica su cámara junto a Luciano, sin invadirlo, y sus primeros planos nos brindan una cercanía emocional que nunca es invasiva. En planos más amplios, el entorno en el que vive y trabaja se convierte en un personaje más, porque aquí los espacios son inseparables de quienes los habitan o transitan. En planos secuencias, con la cámara fija, Luciano nos cuenta sus anhelos, experiencias y miedos. Es notable su capacidad para conmovernos. Es tan honesta su entrega. Es que todo es tan real.
Luciano, la película, nos descubrir a su protagonista de a poco, al mismo tiempo que nos insta a descubrir nuestros propios sentimientos y pensamientos que surgen de entrar a un gran pequeño mundo que para muchos es totalmente desconocido. Solamente por eso ya merece ser aplaudida. Su mirada humanista, sin condescendencia alguna, revela la profunda empatía del director para con su protagonista.
Insisto con la idea del descubrimiento: una película convencional sería un retrato predecible de generalidades acerca las vidas de las personas trans. En cambio, Luciano bucea en subjetividades, en modos de auto-percibirse, en la posibilidad de gestación y nos revela, muy de a poco, a un joven que tiene mucho para decir. Dicho sea de paso, Luciano Pereyra es un actor no profesional extraordinario.
