
“Entre enero de 2019 y mayo de 2020 viajé sola alrededor del Círculo Polar Ártico (Islas Svalbard, Islandia y norte de Noruega). Antes, en el 2012, había sido la Antártida y el Polo Sur como inicio de un pasaje. Pero en ese momento fueron imágenes fotográficas en blanco y negro. El pasaje ahora es también al movimiento y al color”, nos cuenta la célebre fotógrafa Adriana Lestido acerca de Errante, su primera película como cineasta, un muy seductor e introspectivo documental que ha sido exhibido en Malba Cine durante un año, antes en La Sala Lugones, en el cine Gaumont y en otras salas del país, tras su paso por varios festivales nacionales e internacionales.
Ya las condiciones de producción son toda una declaración de principios: Lestido viajó, transitó y volvió completamente sola. Sin equipo técnico, sin apoyo de ninguna naturaleza; apenas se llevó una cámara, un trípode y un micrófono. Y a lo largo de cinco estaciones (primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera) se lanzó a la búsqueda de las auroras, para verlas y registradas. Sobre todo, para vivirlas, diría yo.

Porque aun si la sucesión de planos fijos imbricados con sonidos envolventes nos muestra bellísimos fragmentos de una naturaleza hipnótica en la que no hay ni un solo ser humano, la verdad es que Errante está muy viva. En ese aislamiento en el medio de la nada (¿o del todo?) hay una ausencia que no podría estar más presente. Es que no es el ser humano lo que importa, al menos no aquel físico, tangible y visible.
Sin embargo, sí es lo humano dentro de nuestro ser, es eso que nos pasa en nuestro espíritu. Pareciera que Lestido nos pide que nos miremos a la vez que vemos el todo que ella vio y que probablemente hizo que se viese a sí misma; como una dialéctica de una observación intimista. De eso se trata el descubrimiento.
La sensación es la de llegar a un lugar en el que uno nunca estuvo y ni siquiera sabía que existía. No hablo del Circulo Polar Ártico Polar en sí mismo, todos sabemos que existe, aunque muy pocos hayan estado allí. En cambio, es una sensación de una conmoción casi surreal, como si de otro mundo se tratara. O tal vez se trata de revelar lo trascendental del nuestro. Y que la belleza de estos paisajes es abrumadora es un hecho. Es objetiva, por así decirlo.

Pero, para mí, son las subjetividades las que están en el centro de la escena; como si este universo inabarcable fuese una pantalla sin fin para proyectarnos afectivamente, dejando de lado, aunque sea por un rato, nuestro intelecto que siempre anhela una lógica que lo sostenga. Aquí, en Errante, en cambio, hay que dejarse caer, rodar, quedarse tirado un buen rato y levantarse lentamente. Permanecer. Estar.
Curiosamente, a los pocos minutos de comenzado el documental se me vinieron a la mente los paisajes de los mundos postapocalípticos. Sé que suena raro. Uno sabe que las imágenes de esos mundos suelen ser sucias, decadentes, derruidas – pero también es cierto que no siempre es así. Por eso, ¿sería una locura pensar que si la humanidad se extinguiese quizás luego vendría un renacimiento luminoso con nuevas auroras refulgentes?
Sea como fuere, Errante es una experiencia inmersiva. No se mira como una película como tantas otras, en cambio uno entra y la transita. Es una cuestión de piel y de química, y nos lleva a ser nosotros al desnudo. Ya sobre el final tenemos que salir y volver al llamado mundo real. A mí no me dieron nada de ganas. Es que el mundo de Errante es tanto más gozoso y acogedor.
