Yo y la que fui, de Constanza Niscovolos

“La mirada de Adriana nos perfora y nos hace saber que eso somos y que, a veces, el desencanto tiene la capacidad de transformarnos. De ahí surge la necesidad de hacer este documental,  que pretende ser un retrato familiar, mucho más que una biografía y un abrazo mucho más que un homenaje”, señala Constanza Niscovolos, fotógrafa y directora del lúcido y seductor documental Yo y la que fui, un retrato sobre Adriana Lestido, que se puede ver en el Cine Arte Cacodelphia los domingos de agosto a las 17h, y en Malba Cine el sábado 2 a las 20h, y luego todos los sábados de agosto a las 18h.

Retrato es, efectivamente, la palabra más precisa para hablar de Yo y la que fui, pero aquí no hablamos de un retrato convencional. Porque Adriana Lestido, la excepcional fotográfa que exploró las bisagras del cautiverio, los mundos íntimos de las mujeres y las huellas de lo que ya no está, no es una artista convencional. El tenor de su obra da cuenta de su rebeldía e incorformismo y sus continuas búsquedas estéticas nunca son predecibles.

Ahora bien, es sumamente inteligente que Niscovolos haya decidido no hacer foco en su obra como el eje central de su documental, eso es fácil de hacer: la obra está a la vista y el director la registra. No tendría nada de nuevo. En cambio, aquí se trata de un retrato intimista, descontracturado y amoroso. No hablamos de “Adriana Lestido, la artista consagrada”, sino de su sensibilidad y su poética de vida, de una persona como un todo a descubrir. También están los fragmentos de ese todo, por supuesto, solo que están en un desplazamiento vital sin rumbo fijo.    

Claro que también vemos unas cuantas fotografías, todas de una potencia visual y emocional increíble, pero están puestas en diálogo con lo que Adriana cuenta de ellas (sobre todo de su génesis) y así su relato nos remite a espacios físicos y espirituales de su pasado. Es así cómo comenzamos a entender su presente, este aquí y ahora en el que Lestido siente una imperiosa necesidad de explorar nuevos horizontes. Es decir, de ser otra sin dejar de ser ella.

Se siente la cercanía con la protagonista, pero nunca la invadimos. Estamos a su lado, pero no pegados a ella. Éste es un gran logro por parte de Niscovolos: establecer y mantener una distancia óptima y óptica entre el espectador y lo retratado. Yo y la que fui tiene la apariencia de generarse espontáneamente, de que está ocurriendo mientras lo estamos viendo. Sin embargo, esta sensación tan atrapante es posible solamente gracias a una cuidadosa planificación previa de la puesta en escena, los mecanismos de la enunciación y la construcción de un tono. Lo difícil es que no se noten las costuras. Y la directora lo logra con creces.  

Es mejor no saber mucho más acerca de lo que pasa. Iría en contra del propio sentido del documental: el descubrimiento. No solamente lo que descubre el espectador a medida que avanza el relato, sino también del descubrimiento que hace Lestido de un punto de inflexión en su vida, una instancia de transformación como mujer y como artista. Que, en el caso de Lestido, son indivisibles. Ella, en sí misma, ya es arte.