
Dicho sin muchas vueltas: en Anora, la gran ganadora de los Oscar (mejor película, mejor director, mejor actriz, mejor guión original y mejor montaje), Baker logra su primera obra maestra. Ya la vi tres veces y en cada visionado descubro alguna sutileza, en los diálogos, en la puesta en escena o en las actuaciones, que no había visto antes. Es que hay algo tan escapadizo en la estructura del guión que parece que no existiera. Sin embargo, aunque no se vea, sí que se siente.
Pero, antes, hablemos de la trama, que en Baker casi que es una excusa para hablar de eso que está detrás, de lo que realmente importa. Anora (Mickey Madison, que se merece el Oscar que se ganó, aunque también se lo merecían Demi Moore y Fernanda Torres, pero ése es otro tema) es una trabajadora sexual de un tugurio con poco de onda y pretensiones de glamour en Brooklyn.
Un día como cualquier otro, Anora conoce a un joven ruso, Ivan, hijo de un oligarca, que la seduce con la promesa de un amor romántico y despreocupado, que eventualmente va a terminar con una boda en Las Vegas.
Si resulta inverosímil pensar que una trabajadora sexual con la experiencia y la calle de Anora puede creer en este potencial cuento de hadas, habría que recordar que como otros personajes del cine de Baker, Anora sabe que la realidad es dura y áspera, no es ninguna estúpida. Pero aún así, anhela en algún rincón perdido de su corazón que quizás alguna vez su deseo de ser vista y amada pueda ser una realidad. Imposible, no es. Altamente improbable, sin duda. Y soñar no cuesta nada. Maybe this time…

Lo que resulta es una suerte de Mujer bonita y/o Cenicienta a la inversa y en tiempos de un capitalismo gélido. Anora, la película, articula una fusión de géneros que podría haber sido un desastre, pero en manos de Baker es todo lo contrario.
De la mano de la screwball comedy (esa comedia alocada de los 30 y los 40 de los grandes estudios de Hollywood, donde todo pueda pasar, todo es físico y desbocado, la risa es histérica y las idas y vueltas frenéticas son la norma), Anora se fusiona solapadamente con la comedia romántica y la fantasía de un amor perfecto, sumado a una inversión del cine de gángsters, con unos matones tontos y torpes a los que todo les sale mal, como si fueran personajes de Fargo.
El humor ácido e irreverente se cuela en los intersticios del drama, y la forma narrativa de la deriva es un hilo conductor cassavetiano que no da tregua. También, propio de Cassavetes (el cineasta favorito de Baker, a juzgar por su top ten, donde Shadows, Faces, Opening Night y The Killing of a Chinese Bookie están empatados en el primer lugar) están los diálogos que se pisan, los gritos y golpes, los cuerpos que se desploman y los diálogos cuidadosamente elaborados que, sin embargo, no pueden sonar más espontáneos.

Es que en Anora nunca se ven las costuras de una narrativa tan compleja. Y en eso reside, entre otras cosas, la genialidad de este guión. Una vez más, Baker mira a sus personajes, marginales y desclasados, sin juzgarlos y con profunda empatía. Es claro que la mirada es amorosa, pero no por eso deja de ser dolorosa en su realismo.
Si nada sale como se deseaba, no debería sorprender. Aun así, queda espacio para la contención y el abrazo. Existe la posibilidad de descansar un poco, del abrazo y la contención, y hasta quizás algún momento sin soledad. Una historia de afectos imperfecta de un futuro incierto alberga, sin embargo, un presente humano y humanista. Porque Baker podrá ser duro, pero de cínico no tiene nada.