Elena sabe, de Anahí Berneri

Basada en la novela de Claudia Piñeiro, Elena sabe es la nueva película de Anahí Berneri, quien debutó como directora con Un año sin amor (2005), una obra audaz y comprometida sobre las luchas y los placeres de un joven seropositivo durante los primeros tiempos de la epidemia del SIDA en Buenos Aires. Una ópera prima que hablaba de eso que no se hablaba. 

Después vino Encarnación (2007), que significó el retorno a la pantalla grande de Silvia Pérez como una vedette ya no iluminada por luces y estrellas que intenta reinventarse, con más o menos suerte. En Por tu culpa (2010), Erica Rivas es una madre desbordada emocionalmente, con hijos chicos que requieren atención constante y un marido absorto en su trabajo. Nadie puede con tanto sola.

En Aire libre (2014) una pareja joven protagonizada por Leonardo Sbaraglia y Celeste Cid enfrenta una gran crisis amorosa mientras comienza la construcción de una casa en las afueras de la ciudad. Una suerte de crónica de una separación anunciada.  Después vino Alanis (2017), la historia de una joven madre y trabajadora sexual, con Sofía Gala como protagonista, que se enfrenta a un orden social punitivo e hipócrita, a la vez que cría a su hija como puede y con lo que tiene. Que es bastante bien, de hecho.

Fiel a la esencia de su filmografía, en Elena sabe Berneri vuelve a explorar vínculos al borde del quiebre, ya con demasiadas heridas e identidades demasiado enraizadas. Es que nadie puede ser otra cosa distinta a lo que es. Sin embargo, a veces hay golpes muy duros que hacen que haya que reconstruirse – más aun cuando la realidad se torna tan dolorosa. Así, la identidad se moldea una vez más, con más o menos sufrimiento.

Elena (Mercedes Morán) es una madre de 65 años que busca esclarecer la repentina muerte de su hija Rita (Erica Rivas). Incluso con el deterioro físico del Parkinson, Elena es inclaudicable en su investigación que no puede ser sino solitaria. Es que la ley ha dado el caso por cerrado. Todo está muy claro, le dicen. Para ella, en cambio, hay sospechas por todos lados. 

Antes de la muerte, Elena sabe aborda las aristas del vínculo entra una madre terrible, como diría Cocteau, y una hija muy agobiada por los cuidados de salud que su madre demanda. Qué difícil que es vivir así, piensa la madre y dice la hija. Y aunque se acompañen, no dejan de estar solas. Después de la muerte, está la investigación como una suerte de thriller. Y en paralelo aparece el pasado de la madre joven y la hija adolescente en forma de evocaciones, o visiones, si se quiere. Es entonces cuando vemos fragmentos de un vínculo muy tóxico. Solo fragmentos. Es mucho más lo que no sabemos.

En esos pasados, Elena deja de ser protagonista para ser espectadora. Incómoda, ve escenas de su vida que había olvidado o que intentó olvidar. Ahora sí se tiene que enfrentar a esa madre que fue. No debe ser casualidad que la culpa, y quizás hasta el arrepentimiento, se ubiquen justo en el centro del escenario. Esto recién empieza.

Uno de los grandes logros de Elena sabe es esquivar el lugar común a la hora de crear personajes con – por ejemplo- SIDA, Alzheimer, autismo, o Parkinson. Estos Otros suelen ser sufridos pero nobles, víctimas indefensas que piden compasión al espectador y a pesar de todo su sufrimiento son modelos de superación.  

Sabiamente, Berneri elige una mirada realista para su (anti) heroína. Elena es desamorada y puede llegar ser muy hiriente. Es hosca. Casi nunca sonríe. Es difícil empatizar con ella, al menos durante buena parte del relato. Luego veremos otros tonos más amables, también algunos momentos de bienestar. No todo es tan áspero. Incluso da la impresión de que Elena es de esas personas que esconden su afectividad para no revelar su vulnerabilidad.

Por su parte, Rita quiere mucho a su madre. Se nota todo el tiempo. Su preocupación es genuina y su dedicación es continua. La acompaña de médico en médico, alguno más amable que otro; pasa de un trámite absurdo a otro todavía más absurdo, típicos de la indiferencia, cuando no de la desidia, de las obras sociales. Los cuidados son muchos, el descanso es poco. Justamente por eso a Rita se le hace muy difícil vivir su vida. Ésa es su odisea personal que tanto le cuesta resolver – si es que puede resolverla.

Como en sus películas previas, Berneri sigue bien de cerca a sus personajes. Mercedes Morán brinda una interpretación extraordinaria y la cámara de la directora no la deja sola nunca, la sigue y la acompaña a todos lados, muchas veces con elocuentes primeros planos. Aún con esa cercanía, hay veces en las que no sabemos bien ni que piensa ni que siente. Es que Elena es un tanto opaca, no es fácil de leer. Eso genera intriga.

Por su parte, la Rita de Érica Rivas es más expansiva, expresa con vehemencia cómo se siente, cuando está mal y cuando está bien también. Es mucho menos opaca pero también oculta mucho. No por nada su muerte es tan sorpresiva. El ensamble Morán-Rivas establece una química sumamente verosímil desde el vamos, este vínculo madre-hija ya lo conocemos de la vida real. Es difícil imaginar esta película con otras actrices.

Miranda de la Serna y Agustina Muñoz interpretan a Rita y a Elena de adolescentes y también están en perfecta sintonía. En estas transiciones de presente adulto a pasado juvenil el montaje no podría ser más preciso y fluido. Realmente se siente que esos saltos en el tiempo son una suerte de continuum, no hay quiebres bruscos en ningún momento. Es que el viaje interior de Elena no tiene puntos de descanso. Una vez que comienza no se detiene. No puede detenerse.

Hay mucho más por descubrir en Elena sabe. Y eso es precisamente lo que Berneri le propone al espectador: que haga el viaje sin conocer el destino final. Porque Elena tampoco puede anticiparlo. Eso es lo más inquietante.