Sweetheart, de J. D. Dillard

Nunca me interesaron mucho las películas de supervivencia. Mejor dicho, las de náufragos en islas desiertas con sus penurias para prender fuego,  cazar para comer y evitar ser comidos por algún animal salvaje – aunque tengo que decir que, precisamente, la ya legendaria Náufrago estaba bastante bien y hasta Tom Hanks me cayó bien, mutez incluida.  Deliverance me encanta, pero no es realmente de supervivencia, aunque se amolde al género, porque el gran conflicto no es, esencialmente, sobrevivir a las fuerzas de la naturaleza. Es otra cosa y bastante más oscura.

Hace unos días vi Sweetheart. Y sin ser una obra maestra,  no solo me entretuvo sino que también me puso tenso y expectante durante una buena parte de la película. Y es una película de supervivencia! Pero viene con monstruo incluido, y eso para mi hace una gran diferencia. Todos los fans del cine de terror amamos los monstruos. Empezando por las   familias monstruosas que nos criaron, pero ése es otro tema.

Jenn es una joven morena que hizo una excursión marítima que terminó siendo un desastre a causa de una feroz tormenta. Jenn sobrevivió y pudo nadar hasta la playa de una isla tropical. Está absolutamente sola. O no. Porque, en realidad, enfrentarse a los infortunios de la naturaleza resulta ser el menos de lo males, considerando que un ser maligno sale de cacería todas las noches.

Nada extraordinario en la trama. Tampoco que haya monstruo es extraordinario. Pero los méritos de Sweetheart pasan por otro lado, y acá sí que no es cosa de todos los días. Aunque parezca tan sencillo a primera vista.

Sweetheart opta por un registro realista ejecutado hábilmente desde el principio hasta el final, sin innecesarias ni abruptas oscilaciones en el tono. Es homogénea y cohesiva. Sabe lo qué quiere decir y lo dice con convencimiento. Por eso nos conmueven las interpretaciones (algunos personajes se van sumando de a poco), porque son verosímiles y tienen carne y hueso. Nos importa que le pasa a Jenn y a sus amigos porque sienten y hablan como personas reales, porque sus dudas y decisiones son lógicas, porque no son figuras de cartón. Y eso que no hay mucho para narrar, todo es muy mínimo.

La presencia ominosa y letal que aparece por las noches en ese afuera tan amenazante genera no pocos momentos de terror. Casi siempre en un fuera de campo total, este monstruo puede ser muchos monstruos y cada uno puede darle la interpretación que desee. Está tan oculto y es tan elusivo, ¿quién puede saber quién es? Lamentablemente, este misterio se desvanece un poco cuando, en el último tramo de la película, aparece el monstruo en toda su monstruosidad. Era mejor no verlo. No porque se sepa qué es – eso nunca se sabe – pero porque se ve cómo es y la verdad es que no asusta tanto.

Me habría gustado ver más muertes. O que fueran más desgarradoras. Gore hay, pero también un poquito de mesura. De todos modos, esto tampoco es un problema. Es una elección por parte del director que puede funcionar mejor o peor según los ojos de cada espectador.

Como Naúfrago, Sweetheart tiene un logro indiscutible: dejar de lado el diálogo, al menos por un buen tiempo, para contar lo que pasa y, sobre todo, para contar qué siente la protagonista. Se sabe que los pensamientos y los sentimientos no se pueden filmar, pero los rostros que los expresan sí. También el miedo y la desesperación se dibujan en los cuerpos, sin palabras que los acompañen. Quizás por eso mismo, cuando irrumpe el dialogo sea tan poderoso.

Y me gustó mucho el final. Lejos de la dosis de esperanza de Hollywood, acá todo termina como terminaría en la vida real, porque la mayoría de la gente no quiere sobrevivir a toda costa. Y es razonable. Más aún si está prisionera en una isla que se creía desierta y resultó estar con alguien de quien todos trataríamos de escapar. Pero sin poder hacerlo.